
Cuando se está buscando un embarazo y pasan más de 6 meses una empieza a torturarse con mil preguntas: ¿Seré yo? ¿Será él? ¿Tendré óvulos? ¿Será un quiste? ¿No lo haremos bien? ¿Y si hago la vertical...?
Para peor, gente que apenas te conoce pregunta día por medio
“¿Y los hijitos para cuándo…?” Y una, tratando de ser educada, ladea la cabeza, pone sonrisa tonta y responde “Y…en eso estamos…” Pero ya si te retrucan con un
“Claro, porque ya cumpliste los 30, no? Hay que hacer los deberes…” se merecen una buena patada allá donde termina la espalda, porque no hay respuesta lo suficientemente didáctica que los ubique.
Y por si fuera poco todas las mujeres que te rodean de repente se embarazan: desde la cuñada más antipática hasta la hija del carnicero. Ni hablar de la gata de la vecina que acaba de tener 8 (ocho!) mininos; a esta altura el mundo y la naturaleza parecen estar confabulados contra una.
Y sí, así de mal nos ponemos, porque la espera desespera, las ilusiones se derrumban y cada mes que “nos viene” es como una puñalada en el corazón.
Comienzan las consultas a los especialistas, los análisis de sangre con ayunos, que salió dudoso, más análisis, ahora la otra hormona, que por ahí te salió alta por los nervios…Claro, porque una está re tranquila con tanto toqueteo, el marido felicísimo de hacerse un espermograma y hacer fila con el frasquito en la mano junto a veinte jubilados que esperan su turno y le preguntan qué dolencia tiene…
Paradójicamente te dicen que te olvides, que te relajes, que no pienses en buscar el bebé tan anhelado, que no quedás embarazada de tanta obsesión. Ahora yo me pregunto: ¿Y los primeros seis, siete, ocho meses, cuando una no estaba como loca; que sólo “había dejado de cuidarse”? En esa primera etapa linda, como de libertad, donde ya no había métodos anticonceptivos molestos, no había nervios ni obsesiones... ¿Por qué no quedé embarazada? Entonces no me vengan con que una “piensa demasiado”.
Para agregarle más romanticismo a la búsqueda te mandan a tomarte la temperatura cada mañana (no precisamente abajo del brazo), a la misma hora, sin levantarse de la cama y anotarla en una planilla para establecer una extraña curva, pero ojo, a no olvidarse ni un sólo día, porque todo se pierde. Y agarrate cuando aumentaste un grado: no importa si tenés que ir a trabajar, si viene tu suegra, si te duele la cabeza o tenés anginas…hay que hacerlo
“nos guste o no!” Y en lo posible más de una vez; este día vale oro y no aprovecharlo sería el mayor de los pecados, y culpa es lo último que necesitamos.
Curiosamente también, llega un momento en que una desea que le encuentren de una vez por todas algún defecto, sólo por el hecho de que sabiendo que hay tal problema, se podrá aplicar tal solución. Y si no existen drogas ni tratamientos posibles avisen ya para así empezar con los eternos trámites de adopción, pero hay una necesidad imperiosa de hacer “algo” porque el tiempo se nos va de una manera desesperante…
Afortunadamente, en mi caso, el esperado atraso llegó después de un año y medio, en medio de invasivos estudios y análisis molestos, y mentiría si dijera que sentí una felicidad inmediata, porque tardé varios días (o semanas) en asimilar del todo semejante noticia. Pero de lo que sí estoy segura es que recuerdo haberme sacado de la espalda una horrible mochila pesadísima, que espero no volver a cargar otra vez.
Verito